Día 0
Martes 15 de agosto de 2017
Hoy es el día. Después de tantos años de sueños e ilusiones, por fin hoy se comenzaba a hacer realidad un anhelo de toda mi vida: Viajar a Inglaterra, conocer la tierra de The Beatles, de la Reina Isabel y del football. La tierra del hermoso idioma que estudié y que adoro. Esta entrada es la primera de una serie, en las que daré cuenta, más o menos, lo que viví en ese corto pero intenso viaje mágico y misterioso, por los distintos lugares de Londres y Liverpool.
Llegamos al
aeropuerto internacional de Santiago a las 14:30 hrs. con ansias y muchas ilusiones. Fuimos en
el auto de Carlos. Ahí me encontré con Gerardo, y nos preparamos a hacer la
larga fila para dejar las maletas. Luego, las fotos de rigor en el aeropuerto,
con la Moni y el Alonsito. Un beso, un abrazo, el adiós y a Policía
Internacional.
El vuelo BA 0250 de la British
Airways estaba programado para las 17:40 hrs., y, con puntualidad inglesa, a la
hora señalada el avión despegaba desde la loza de Pudahuel.
Como pagamos un poco más para
poder elegir asientos, pudimos elegir con anticipación nuestros lugares, y
tuvimos la suerte de elegir los asientos del fondo, que eran 2 (43 B para
Gerardo, y 43 C para mi), por lo que no tuvimos que sufrir la incomodidad de
tener a una tercera persona a quien molestar cada vez que nos quisiéramos
levantar. La tripulación del vuelo era muy amable. Todos británicos, y muy
cordiales. Se agradece mucho en un vuelo
directo de más de 14 horas.
La cena estaba bastante rica:
una especie de pastel de papa, con verduras salteadas (arvejas y zanahoria), un
cous cous con pasas, 2 botellitas de vino tinto español (tempranillo), y un
pastelito tipo colegial de postre.
La noche fue larga, muy larga. Aunque el avión
contaba con una buena variedad de películas, música, videojuegos, series de TV,
de todos modos es incómodo estar sentado por tanto rato, en esos asientos tan
pequeños. Intenté dormir, y lo logré a ratos. Por los pasillos del avión andaba una mujer que discutía con
un aeromozo porque quería más vino, hasta me pidió que yo le pidiera una
botella de vino para ella. No la pesqué, me di media vuelta y pretendí dormir,
lo que finalmente y sin darme cuenta, logré. Eso pese a que el avión se fue
prácticamente todo el viaje con turbulencias. Leves, pero con ese típico
movimiento que por momentos se hacía más brusco y que obligaba, cada cierto
rato, a recordar que los pasajeros debíamos ir con los cinturones amarrados.
Así comenzaba nuestra aventura, y terminaba el día, volando sobre un interminable Brasil, para luego cruzar el aún más interminable Océano Atlántico.
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