Soy un montón de cuentas que
en vida no puedo pagar.
Soy un montón de deudas que jamás podre saldar.
Todo lo que junté hasta hoy
mañana no me servirá.
Las cosas que me harán mejor no las puedo comprar.
Me he cansado de tanto andar por la calle sin pensar...
He dejado mis pies atrás sin saber, sin saber a donde van...
Yo siempre me negué a creer
en una vieja religión.
Tal vez me equivoque, debí escojer el mal menor.
Mire a mi alrededor
buscando algúna Luz,
pero no habia nada excepto tú, excepto tú.
Me he cansado de tanto andar por la calle sin pensar...
he dejado mis pies atrás sin saber, sin saber a donde van...
Me he cansado de tanto andar por la calle sin pensar...
he dejado mis pies atrás sin saber, sin saber a donde van...
(Los Búnkers-Barrio Estación, 2008)
domingo, 18 de enero de 2009
lunes, 8 de diciembre de 2008
John Lennon y yo

Hoy se cumplen 28 años de la muerte de John, una muerte que sólo ha hecho engrandecer aun más su nombre, su música, sus ideales y su anhelo de paz.

John Lennon murió cuando yo nacía. No sé si por esa coincidencia, o por otra razón, siempre he sentido una cercanía con este personaje. Empatía con el líder natural de The Beatles, mi grupo favorito, banda sonora de toda mi vida. Siempre me atrajo su forma de ver la vida, su sencillez, pese a ser uno de los personajes más memorables del siglo pasado, su estilo de vida, no sé. Hasta su tono de voz y su look son súper característicos. Recuerdo de chico jugar a escuchar a The Beatles e identificar quien hacía la primera voz. Y siempre me gustó más la de Lennon. Más rough, más natural, propia de un rockero. No es una gran voz, pero dice lo que siente. Y eso se nota. Bueno, como canta Victor Jara (otro gigante), “Yo no canto por cantar, ni por tener buena voz. Canto porque la guitarra tiene sentido y razón”. Presiento que Lennon pensaba lo mismo.

De adolecente recuerdo cantar las canciones de The Beatles siempre centrándome en la voz de Lennon. Nunca llegué a ser de esos fanáticos que se visten igual a sus ídolos y adoptan sus posturas y su forma de hablar, pero me faltó poco! También comencé a interesarme no sólo por la música, sino también por las letras. Y descubrí un mundo lleno de imaginería psicodélica en ‘I am the walrus’, ‘Lucy in the Sky with diamonds’ y ‘Revolution 9’. Un mundo de soledad y desamparo en ‘Help’, ‘Mother’ y ‘Julia’. Un mundo de amores juveniles en ‘No reply’ y ‘It’s only love’. Un mundo de amor más maduro en ‘Jealous guy’ y ‘(Just like) Starting over’. Un mundo de ideales, sueños y anhelos de paz en ‘Imagine’, ‘Give peace a chance’ y ‘Revolution’.
John marcó mi vida, y siento que lo conozco tanto que, por extraño que parezca, aun me apena recordar que no está. Aunque está, y siempre estará en sus canciones, en su guitarra, en sus dibujos, y en mi voz cada vez que canto ‘Norwergian Wood’ y ‘You’ve got to hide your love away’…

Grande Lennon… Saludos y un abrazo grande donde quiera que estés…
domingo, 5 de octubre de 2008
Los ochenta poh!
A propósito de los comerciales sobre el nuevo programa del canal 13…
En los 80 yo era chico, vivía en la Villa Portales. Recuerdo despertar con la característica música de las noticias de la Cooperativa y la voz de Sergio Campos. Y me acuerdo cuando escuché la noticia sobre la muerte de Gabriel, el baterista de Los Jaivas, en la radio Umbral.
Recuerdo las protestas a las afueras de mi casa, en la USACH. A los estudiantes perseguidos por los pacos de verde, pacos vestidos para la guerra, con armas en sus manos. Recuerdo salir con mis amigos a mirar a las esquina al guanaco negro y blanco, y al zorrillo. Nosotros llevábamos limón para la garganta y ruda para la nariz. Para nosotros todo eso era un juego. Para mucha gente no.
Recuerdo la noticia de los jóvenes quemados y abandonados a su suerte… en los 80, no a pocos días del golpe, sino que en plena década de los 80. Recuerdo 60 minutos y las noticias cuando las daban más temprano ( y más falsas).
Recuerdo el Fortín Mapocho y el titular que decía: Corrió solo y salió segundo!... Me acuerdo de la franja del NO y de su canción. Y el Vals del NO, que cantaba Florcita Motuda! Me acuerdo de los colores y la alegría que se reflejaba en esa campaña. No me acuerdo de la del si, de hecho no la veía. También me acuerdo de los caceroleos y los apagones y velatones pa’ los 11 de Septiembre.
También recuerdo a mi mami con la guata redonda esperando a mi hermano, escuchando la radio Aurora (Yuri y la “Maldita primavera”). Me acuerdo cuando mi Güely viajaba desde E.E.U.U. y nos traía cosas de otro planeta… zapatillas Nike, chicles de todos sabores y colores, juguetes Mattel y autitos Matchbox… cuando yo sólo jugaba con un He-Man made in China, comprado en Meiggs!
Recuerdo la liebre Los Leones que me dejaba en Alameda con San Ignacio, a una cuadra del colegio… la cancha de tierra y el patio de los Kinder… la derrota de Pinochet y la fila enorme cuando acompañé a mi papá a votar por Aylwin…
En fin… Y tú, ¿En que estabas en los 80?
En los 80 yo era chico, vivía en la Villa Portales. Recuerdo despertar con la característica música de las noticias de la Cooperativa y la voz de Sergio Campos. Y me acuerdo cuando escuché la noticia sobre la muerte de Gabriel, el baterista de Los Jaivas, en la radio Umbral.
Recuerdo las protestas a las afueras de mi casa, en la USACH. A los estudiantes perseguidos por los pacos de verde, pacos vestidos para la guerra, con armas en sus manos. Recuerdo salir con mis amigos a mirar a las esquina al guanaco negro y blanco, y al zorrillo. Nosotros llevábamos limón para la garganta y ruda para la nariz. Para nosotros todo eso era un juego. Para mucha gente no.
Recuerdo la noticia de los jóvenes quemados y abandonados a su suerte… en los 80, no a pocos días del golpe, sino que en plena década de los 80. Recuerdo 60 minutos y las noticias cuando las daban más temprano ( y más falsas).
Recuerdo el Fortín Mapocho y el titular que decía: Corrió solo y salió segundo!... Me acuerdo de la franja del NO y de su canción. Y el Vals del NO, que cantaba Florcita Motuda! Me acuerdo de los colores y la alegría que se reflejaba en esa campaña. No me acuerdo de la del si, de hecho no la veía. También me acuerdo de los caceroleos y los apagones y velatones pa’ los 11 de Septiembre.
También recuerdo a mi mami con la guata redonda esperando a mi hermano, escuchando la radio Aurora (Yuri y la “Maldita primavera”). Me acuerdo cuando mi Güely viajaba desde E.E.U.U. y nos traía cosas de otro planeta… zapatillas Nike, chicles de todos sabores y colores, juguetes Mattel y autitos Matchbox… cuando yo sólo jugaba con un He-Man made in China, comprado en Meiggs!
Recuerdo la liebre Los Leones que me dejaba en Alameda con San Ignacio, a una cuadra del colegio… la cancha de tierra y el patio de los Kinder… la derrota de Pinochet y la fila enorme cuando acompañé a mi papá a votar por Aylwin…
En fin… Y tú, ¿En que estabas en los 80?
lunes, 29 de septiembre de 2008
Eso es todo
Al lado de la ventana, que da justo al frente de decenas de oficinas, viendo la lluvia caer sobre el techo del estacionamiento, me detengo a pensar en este último tiempo. En esta nueva vida, en este departamento que siempre está con gente, con tantas visitas, con tanto cariño. Mi mujer en la pieza, viendo tele. Yo, en el living, frente al laptop pienso sobre lo bueno, lo humano y lo divino. Qué raro es estar así, tranquilo, una noche de viernes. Y es que formar una vida en familia es otra cosa, es preferir tu casa antes que un pub. Es terminar tu pega rápido porque lo único que quieres es volver a tu hogar, es sentir que te reciben con todo el cariño que te pueden dar, con un beso rico, con un calor que se siente hasta en los más fríos días de invierno.
Así me siento yo. Ese soy yo en este momento. Raro, pero lo disfruto. Y mucho. Y me gusta. Me gusta mi departamento y la mujer que amo. Me gusta sentir que estamos formando algo grande, algo indestructible, algo también misterioso, algo incierto y, probablemente por lo mismo, excitante y atractivo.
Miro a mi alrededor y me encuentro con cosas que muchas personas nos han entregado como señal de afecto y apoyo. Nos faltan tantas cosas, sin embargo sentimos que lo tenemos todo. Y es así, todo lo tenemos, porque nos tenemos el uno al otro. Y eso es todo. Todo.
Así me siento yo. Ese soy yo en este momento. Raro, pero lo disfruto. Y mucho. Y me gusta. Me gusta mi departamento y la mujer que amo. Me gusta sentir que estamos formando algo grande, algo indestructible, algo también misterioso, algo incierto y, probablemente por lo mismo, excitante y atractivo.
Miro a mi alrededor y me encuentro con cosas que muchas personas nos han entregado como señal de afecto y apoyo. Nos faltan tantas cosas, sin embargo sentimos que lo tenemos todo. Y es así, todo lo tenemos, porque nos tenemos el uno al otro. Y eso es todo. Todo.
Hace diecinueve años...
Estaba nublado ese día. Pero hacía calor. Yo era chico. Era mi primera ida al estadio, o al menos, la primera que recordaba. Mi papi me había dicho que me había llevado al Nacional una vez, pero yo era guagua, no recuerdo. Y esta vez era especial. Iba a ver al equipo de mis amores.
Recuerdo que me junté con mi Tata Hugo para ir al estadio. Yo iba feliz, vistiendo la camiseta blanca, con el LanChile en la guata, y en el corazón el escudo con el aguerrido araucano, símbolo de garra y empuje que el equipo siempre ha tenido, dentro y fuera de la cancha. Y ahora íbamos a “nuestra” cancha. Por primera vez se abrirían las puertas del Monumental para el pueblo Colocolino. Y yo iba feliz. En Mapocho, nos encontramos con el Hugo, un cabro un par de años mayor que yo y que es el otro nieto de mi Tata (aunque no era primo mío, pero eso es parte de otra historia). El no le decía Tata, le decía Abuelo Benito…
Era Septiembre 30 y las banderas flameaban a la entrada del recinto. El viaje me pareció eterno, era muy lejos llegar hasta allá. Recuerdo que tomamos colectivo y una micro, de esas de colores, antes de las micros amarillas de números grandes y mucho antes del Transantiago.
Al llegar recuerdo una aglomeración nunca antes vista por mis ojos. Ahí estaba el “pueblo Colocolino”, los cabros de pelo chuzo, las señoras gordas que acarreaban a 4 cabros chicos, los papás comprando las entradas en las boleterías llenas de gente. Luego vino el colapso. El primer control… ya estábamos dentro del recinto, a metros de las galerías… luego el segundo control y el Hugo que se perdió entre el mar de gente que me aplastaba. Alguien gritó cuidado con los niños, pero nadie tuvo mucho cuidado. En fin, yo estaba medio aplastado entre la reja y un tipo de chaqueta que cortaba los boletos…logré entrar. Mi tata estaba desesperado. Me encuentró y vuelvió al gentío a buscar al Hugo. Al rato llego a mi lado, con el Hugo todo chascón de entre la multitud. Bueno, en realidad seguíamos entre la multitud. Y eso que era el acceso sur, contrario al lugar de la Garra Blanca. Por fin llegamos a las galerías, que están a nivel del suelo, o sea, la cancha está en un hoyo.
Adentro todo era una fiesta. Con el Hugo nos hicimos amigos del cabro que estaba sentado al lado nuestro mientras esperábamos que empezara el partido. Salió Pachuco y la Cubanacán, parece. Luego bajó un helicóptero con Cecilia Bolocco, quien dió el puntapié inicial. Eso dijeron, nosotros sólo vimos a un puñado de fotógrafos y periodistas al centro de la cancha. Bajaron paracaidistas, el estadio estaba repleto, lleno de banderas blancas, lleno de ilusiones y alegría. El futbol alegra el alma. Hasta que se desplegaron unas mangas a los costados del arco norte y luego de una pausa sale Colo-Colo a la cancha. Yo no podía más de felicidad.
No recuerdo mucho el partido. Salvo que era Colo-Colo vs Peñarol de Uruguay. Me acuerdo que tenía que empinarme parado sobre la banca de pizarreño para poder ver las jugadas cerca de las áreas, y recuerdo el gol de Barticciotto. Que emoción gritar un gol y escuchar como una voz a miles de voces que celebran y saltan de alegría. Esa sensación de alegría colectiva es impactante, es impresionante, es muy linda.
Luego nos fuimos felices de vuelta a casa, supongo. En verdad, no tengo recuerdos de cómo salimos del estadio. Probablemente no me quería ir.
Ahora que se cumplen 19 años de ese día vienen a mi memoria momentos vividos en la ruca de Pedreros. Momentos alegres y tristes. Recuerdo haber visto al Colo salir campeón varias veces allí. Recuerdo partidos de copa Libertadores. De esos partidos en los que había que ir a hacer tremendas filas a la sede de Cienfuegos, carnet en mano, para pagar como socio. Recuerdo derrotas dolorosas como alguna goleada propinada por Cruzeiro, en fin, tantos recuerdos. Gracias Colo-Colo por todo, y gracias Estadio Monumental por haber sido el escenario perfecto para tanta fiesta.
Hace tiempo que no voy… pero volveré, uno de estos días volveré.
Recuerdo que me junté con mi Tata Hugo para ir al estadio. Yo iba feliz, vistiendo la camiseta blanca, con el LanChile en la guata, y en el corazón el escudo con el aguerrido araucano, símbolo de garra y empuje que el equipo siempre ha tenido, dentro y fuera de la cancha. Y ahora íbamos a “nuestra” cancha. Por primera vez se abrirían las puertas del Monumental para el pueblo Colocolino. Y yo iba feliz. En Mapocho, nos encontramos con el Hugo, un cabro un par de años mayor que yo y que es el otro nieto de mi Tata (aunque no era primo mío, pero eso es parte de otra historia). El no le decía Tata, le decía Abuelo Benito…
Era Septiembre 30 y las banderas flameaban a la entrada del recinto. El viaje me pareció eterno, era muy lejos llegar hasta allá. Recuerdo que tomamos colectivo y una micro, de esas de colores, antes de las micros amarillas de números grandes y mucho antes del Transantiago.
Al llegar recuerdo una aglomeración nunca antes vista por mis ojos. Ahí estaba el “pueblo Colocolino”, los cabros de pelo chuzo, las señoras gordas que acarreaban a 4 cabros chicos, los papás comprando las entradas en las boleterías llenas de gente. Luego vino el colapso. El primer control… ya estábamos dentro del recinto, a metros de las galerías… luego el segundo control y el Hugo que se perdió entre el mar de gente que me aplastaba. Alguien gritó cuidado con los niños, pero nadie tuvo mucho cuidado. En fin, yo estaba medio aplastado entre la reja y un tipo de chaqueta que cortaba los boletos…logré entrar. Mi tata estaba desesperado. Me encuentró y vuelvió al gentío a buscar al Hugo. Al rato llego a mi lado, con el Hugo todo chascón de entre la multitud. Bueno, en realidad seguíamos entre la multitud. Y eso que era el acceso sur, contrario al lugar de la Garra Blanca. Por fin llegamos a las galerías, que están a nivel del suelo, o sea, la cancha está en un hoyo.
Adentro todo era una fiesta. Con el Hugo nos hicimos amigos del cabro que estaba sentado al lado nuestro mientras esperábamos que empezara el partido. Salió Pachuco y la Cubanacán, parece. Luego bajó un helicóptero con Cecilia Bolocco, quien dió el puntapié inicial. Eso dijeron, nosotros sólo vimos a un puñado de fotógrafos y periodistas al centro de la cancha. Bajaron paracaidistas, el estadio estaba repleto, lleno de banderas blancas, lleno de ilusiones y alegría. El futbol alegra el alma. Hasta que se desplegaron unas mangas a los costados del arco norte y luego de una pausa sale Colo-Colo a la cancha. Yo no podía más de felicidad.
No recuerdo mucho el partido. Salvo que era Colo-Colo vs Peñarol de Uruguay. Me acuerdo que tenía que empinarme parado sobre la banca de pizarreño para poder ver las jugadas cerca de las áreas, y recuerdo el gol de Barticciotto. Que emoción gritar un gol y escuchar como una voz a miles de voces que celebran y saltan de alegría. Esa sensación de alegría colectiva es impactante, es impresionante, es muy linda.
Luego nos fuimos felices de vuelta a casa, supongo. En verdad, no tengo recuerdos de cómo salimos del estadio. Probablemente no me quería ir.
Ahora que se cumplen 19 años de ese día vienen a mi memoria momentos vividos en la ruca de Pedreros. Momentos alegres y tristes. Recuerdo haber visto al Colo salir campeón varias veces allí. Recuerdo partidos de copa Libertadores. De esos partidos en los que había que ir a hacer tremendas filas a la sede de Cienfuegos, carnet en mano, para pagar como socio. Recuerdo derrotas dolorosas como alguna goleada propinada por Cruzeiro, en fin, tantos recuerdos. Gracias Colo-Colo por todo, y gracias Estadio Monumental por haber sido el escenario perfecto para tanta fiesta.
Hace tiempo que no voy… pero volveré, uno de estos días volveré.
lunes, 18 de agosto de 2008
Love story
Se conocieron en la pega. Ella lo miró con curiosidad. Le agradaba aquél chico un tanto malas pulgas que se paseaba para acá y para allá como en distracción, siempre ocupado, siempre pensando en algo. Ella, frente al computador, todo lo veía. O lo presentía. Un día lo vio llegar triste. Se veía tan diferente. Tenía un aura distinta. Ella también estaba distinta. Quien fuera su novio por siete años acababa de dejarla. No era la primera vez, pero ella sentía que era la definitiva. No se sintió mal, se sintió diferente. Le costó al principio cambiar su rutina y quitar de su mente a aquel joven de desgarbado aspecto, pelo largo y anteojos. Le costaba bajarse de la micro y mirar en dirección a su casa. ¿La estará observando?, se preguntaba al principio. Sin embargo aquél día su atención se centró en ese flaco de triste mirada y acabado aspecto. Se veía mal, y se sentía mal. También por penas de amor. Lo supo porque comenzaron a acercarse mutuamente y a charlar de vez en cuando.
Las semanas pasaron y la amistad se fue haciendo cada vez más estrecha. Comenzaron a salir juntos. Al principio, tímidamente él la acompañaba hasta el paradero. Luego, ya planeaban salidas a diferentes pubs para ir a conversar y tomarse unos tragos. Así fue naciendo el amor. Lo regaron con bebida y sudor, con alcohol y pasión. Y a poco andar algo sucedió. El destino (o algo parecido) los quiso separar. Él fue enviado al norte, por trabajo. Allá conoció lugares y personas, allá se enfrentó a su pasado y a su futuro. En la soledad del desierto descubrió que su futuro estaba en ella. En esa joven de sonrisa angelical, de pelo largo y mirada profunda. Esa mirada que lo cautivó, esa mirada que lo hizo volver a su lado. Ella lo esperaba ansiosa. Estaba dichosa, y entre las sábanas aquella noche interminable ese amor floreció. Floreció y se hizo grande, potente, fuerte, indestructible.
Aquél fue el invierno más frío de los últimos años, pero al calor de ese amor inacabable se refugiaron y el clima era sólo una anécdota. Bajo la lluvia, con temperaturas bajo cero a medianoche se despedían en la Alameda de las delicias (ahora comprendían el nombre a cabalidad), con un beso que deseaban fuera eterno, como aquél amor que se juraron.
Hasta que un día no se separaron más. Él no soportó verla partir, y la siguió, se fue con ella y no volvieron a separarse. Ahora comparten no sólo un bonito y acogedor departamento en el barrio de Bellas Artes, también comparten sus sueños y sus cuerpos se funden en uno, así como sus corazones y sus vidas lo hicieran desde aquél invierno.
Actualmente se les puede ver por las tardes de la mano, caminado por el Parque Forestal, con la felicidad que les da el amor. Ese amor que fue capaz de unirlos. Ese amor que sólo ellos son capaces de dar y entregar.
Las semanas pasaron y la amistad se fue haciendo cada vez más estrecha. Comenzaron a salir juntos. Al principio, tímidamente él la acompañaba hasta el paradero. Luego, ya planeaban salidas a diferentes pubs para ir a conversar y tomarse unos tragos. Así fue naciendo el amor. Lo regaron con bebida y sudor, con alcohol y pasión. Y a poco andar algo sucedió. El destino (o algo parecido) los quiso separar. Él fue enviado al norte, por trabajo. Allá conoció lugares y personas, allá se enfrentó a su pasado y a su futuro. En la soledad del desierto descubrió que su futuro estaba en ella. En esa joven de sonrisa angelical, de pelo largo y mirada profunda. Esa mirada que lo cautivó, esa mirada que lo hizo volver a su lado. Ella lo esperaba ansiosa. Estaba dichosa, y entre las sábanas aquella noche interminable ese amor floreció. Floreció y se hizo grande, potente, fuerte, indestructible.
Aquél fue el invierno más frío de los últimos años, pero al calor de ese amor inacabable se refugiaron y el clima era sólo una anécdota. Bajo la lluvia, con temperaturas bajo cero a medianoche se despedían en la Alameda de las delicias (ahora comprendían el nombre a cabalidad), con un beso que deseaban fuera eterno, como aquél amor que se juraron.
Hasta que un día no se separaron más. Él no soportó verla partir, y la siguió, se fue con ella y no volvieron a separarse. Ahora comparten no sólo un bonito y acogedor departamento en el barrio de Bellas Artes, también comparten sus sueños y sus cuerpos se funden en uno, así como sus corazones y sus vidas lo hicieran desde aquél invierno.
Actualmente se les puede ver por las tardes de la mano, caminado por el Parque Forestal, con la felicidad que les da el amor. Ese amor que fue capaz de unirlos. Ese amor que sólo ellos son capaces de dar y entregar.
jueves, 29 de mayo de 2008
De CDs y Mp3
Mientras viajaba en el agradable Metro de Santiago (Tipín 8 de la mañana) y encendía mi reproductor de mp3, comencé a recordar aquellos días en que mi acompañante musical venía en un bolsito donde justo cabía mi discman. O antes, cuando en el andén del tren subterraneo rebobinaba el cassette con el lápiz Bic para no gastar las pilas de mi personal stereo.
Y pienso en lo ganado (y lo perdido) con este “nuevo” formato musical. Sobre todo lo perdido.
Cuando guardé mis cosas para la mudanza me di cuenta de la cantidad de CDs que tengo. Es una cantidad considerable. Y también lo es el monto de dinero que se ha invertido en ellos.
Ahora es mucho más fácil. Conectado a Internet se tiene acceso prácticamente ilimitado a probablemente más música de la que uno podría llegar a escuchar en la vida! Gratis.
Pero se pierden otras cosas. Se pierde el arte de las caratulas, por ejemplo. ¿Qué es un álbum de Pink Floyd sin su caratula? ¿Sería The Dark Side of the Moon igualmen de reconocible?
Yo no cambio el placer de tener entre mis manos el CD que tanto he anhelado por la comodidad del mp3. Recuerdo cuando me compré el álbum blanco de The Beatles (The Beatles, 1968) y no pude esperar llegar a mi casa para abrirlo y leer las canciones que tantas veces había escuchado sin saber qué decían. O cuando por fin adquirí el CD de la Cantata Popular Santa María de Iquique, grabado por Quilapayún (antes de eso, tenía que conformarme con escucharla desde el disco de vinilo de mi padre. Es un placer único adquirir (y más aun, recibir de regalo) un CD original con la música que a uno le fascina. No creo que se compare a bajar música por Internet.
Más bien prefiero darme el trabajo de pasar mis discos originales a formato mp3, para así poder escucharlos en mi reproductor, que es considerablemente más pequeño y práctico que un discman. La comodidad de tener 5 o más álbumes en un aparato de 7 cms. es fabuloso.
Creo que solamente acudo a Internet (a bajar música) en muy puntuales ocaciones. Por ejemplo, cuando el disco que deseo tener no lo encuentro (cosa bastante común) o, es demasiado caro para mi humilde bolsillo (cosa aún más común). Un ejemplo de esto sería All things must pass, de George Harrison (difícil de encontrar, y muy caro si es que lo encuentras). Por último, acudo a Internet a bajar canciones cuando simplemente lo que busco es una sola canción, o cuando de frentón busco música que me daría vergüenza pedir en una disquería (no daré ejemplos, ja ja). Esa es la más segura causa para acudir a Internet, total, en Ares nadie te juzga!
Y pienso en lo ganado (y lo perdido) con este “nuevo” formato musical. Sobre todo lo perdido.
Cuando guardé mis cosas para la mudanza me di cuenta de la cantidad de CDs que tengo. Es una cantidad considerable. Y también lo es el monto de dinero que se ha invertido en ellos.
Ahora es mucho más fácil. Conectado a Internet se tiene acceso prácticamente ilimitado a probablemente más música de la que uno podría llegar a escuchar en la vida! Gratis.
Pero se pierden otras cosas. Se pierde el arte de las caratulas, por ejemplo. ¿Qué es un álbum de Pink Floyd sin su caratula? ¿Sería The Dark Side of the Moon igualmen de reconocible?
Yo no cambio el placer de tener entre mis manos el CD que tanto he anhelado por la comodidad del mp3. Recuerdo cuando me compré el álbum blanco de The Beatles (The Beatles, 1968) y no pude esperar llegar a mi casa para abrirlo y leer las canciones que tantas veces había escuchado sin saber qué decían. O cuando por fin adquirí el CD de la Cantata Popular Santa María de Iquique, grabado por Quilapayún (antes de eso, tenía que conformarme con escucharla desde el disco de vinilo de mi padre. Es un placer único adquirir (y más aun, recibir de regalo) un CD original con la música que a uno le fascina. No creo que se compare a bajar música por Internet.
Más bien prefiero darme el trabajo de pasar mis discos originales a formato mp3, para así poder escucharlos en mi reproductor, que es considerablemente más pequeño y práctico que un discman. La comodidad de tener 5 o más álbumes en un aparato de 7 cms. es fabuloso.
Creo que solamente acudo a Internet (a bajar música) en muy puntuales ocaciones. Por ejemplo, cuando el disco que deseo tener no lo encuentro (cosa bastante común) o, es demasiado caro para mi humilde bolsillo (cosa aún más común). Un ejemplo de esto sería All things must pass, de George Harrison (difícil de encontrar, y muy caro si es que lo encuentras). Por último, acudo a Internet a bajar canciones cuando simplemente lo que busco es una sola canción, o cuando de frentón busco música que me daría vergüenza pedir en una disquería (no daré ejemplos, ja ja). Esa es la más segura causa para acudir a Internet, total, en Ares nadie te juzga!
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